El triunfo de Nicolás
Sarkozy en las elecciones presidenciales en Francia pone de relieve el
descontento de parte de la población del país vecino en cuanto a dos
asuntos urgentes: la inseguridad ciudadana –relacionada con la falta de
integración de buena parte de la población inmigrante- y el
anquilosamiento del Estado francés, lo que constituye un lastre para el
sostenimiento del llamado “Estado de bienestar”. Sobre estas
preocupaciones ha girado el éxito del nuevo presidente de la República
francesa, para lo cual, ha empleado conceptos novedosos en la política
gala, como el “deber” que ha de acompañar a los derechos de los
ciudadanos y el “trabajo” frente al acomodamiento a las subvenciones y
subsidios expedidos por el estado. Sin embargo, bajo esta apariencia de
reforma denominada por unos y por otros como “conservadora” no se
vislumbra en los conservadores franceses giro alguno hacia una política
orientada al bien común ni hacia un verdadero concepto del deber.
Muestra de ello es la especialmente grave promesa electoral del señor
Sarkozy de legalizar las uniones entre personas del mismo sexo o sus
aterradoras loas a la despenalización del aborto.
Por tanto, el deber que
propugna el Presidente de Francia no es el del Estado y la actividad
política guiados por una norma moral superior, principio que rige todo
gobierno orientado al verdadero bien común, si no que se limita a unas
exigencias coyunturales y desarraigadas de todo principio moral, de
manera que no se atacan de raíz la desintegración social que sufre
Europa.
Habla el señor Sarkozy de
defender la identidad nacional francesa ante la inmigración masiva, para
lo que se limitaría a obligar a los inmigrantes a saber francés para
poder ser residentes legales en suelo galo. No parece que, para el nuevo
presidente, rescatar la identidad nacional pase por recuperar las raíces
cristianas de Francia, sino fortalecer los valores republicanos que
tantas contiendas han provocado y sangre francesa han derramado en los
últimos siglos. Ante la ola de delincuencia y disturbios, habla el señor
Sarkozy de endurecer las penas y de educar en el esfuerzo a las nuevas
generaciones, pero no menciona la necesidad de educar en la fe en Dios
para que el deber inculcado a las generaciones futuras arraigue en la
fuente de todo bien. En definitiva, el nuevo presidente francés se ha
propuesto poner parches a una situación insostenible queriendo atenuar
los síntomas del mal que sufre la sociedad francesa –y la europea- pero
sin remediar la enfermedad de la que provienen.
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